Rosalía de Castro, la más célebre
poetisa gallega, inmortaliza el Pazo de San Lorenzo en su conocido libro
de poemas Follas Novas (Hojas Nuevas) con una poesía de marzo de 1880.
| I Ó mirar cal de novo nos campos iban a abrocha-las rosas dixen: ¡En ónde, Dios mío, iréi a esconderme agora! E pensei de San Lourenzo na robreda silenciosa. Nalgún tempo aqués vellos carballos, amostrando as súas raíces, calvas redondas copas que xa de musgo se visten, ás tristes almas falábanlles tan sóio de cousas tristes. O alciprés que direito se asoma do convento tras do muro, i o lixeiro campanario cuberto de herbas e musgo, da devesa, co cruceiro eran cintinelas mudos. I aquel Cristo que no arco de pedra abatido a frente incrina, soio, cal si inda no Gólgota loitase coas agonías, os corazós oprimidos resignación lle infundía. E si dentro do craustro deserto e ruinoso penetraba, nunca do olvido unha imaxen vira no mundo máis crara, nin de mais grande silencio na terra vos rodeara. No profundo da fonte escondida medraban con libertade antre as silvas as violas, antre o buxo, as dixitales, i a morte, ¡cal fora grata naquel deserto lugare! E por eso ó mirar cál nos campos de novo abrochan as rosas dixen: En ónde, Dios mío, iréi a esconderme agora! I ó bosque de San Lourenzo me encamiñéi silenciosa. II ¿Onde estaba o sagrado retiro? Percibín ruídos estraños, pedreiros iñan e viñan por aquel bosque apartado. ¡Era que unha man piadosa coidaba os desamparados! Dunha ollada medín o interiore... Todo relumbraba branco, cada pedra era un espello, i o vello convento un pazo cuberto de lindas frores. ¡Qué terrible desencanto! ¡Negra nube cubreu de repente os meus ollos asombrados; e máis que nunca abatida, ¡ fuxín...! Que o retiro amado pareceume a alma limpa dun monxe sumerxida nos lodos mundanos. |
I Al mirar cuál de nuevo en los campos iban a brotar las rosas, exclamé: ¡Dónde, Dios mío, iré a esconderme ahora! Y pensé que en San Lourenzo, la robleda silenciosa. En un tiempo aquellos viejos robles, enseñando sus raíces, calvas las redondas copas que ya de musgo se visten, a tristes almas hablaban tan sólo de cosas tristes. El ciprés que derecho se asoma del convento tras el muro, y el ligero campanario lleno de hierbas y musgo, la dehesa y el crucero eran centinelas mudos. Y aquel Cristo que en arco de piedra la frente abatido inclina, sólo, como si en el Gólgota luchase con la agonía, al corazón oprimido resignación le infundía. Y si dentro del claustro desierto y ruinoso penetraba, nunca de olvido una imagen vi en este mundo más clara, ni de más grande silencio en la tierra os rodeara. En la fuente profunda escondida crecían con libertad entre silvas las violetas, entre el boj la digital; la propia muerte ¡qué grata en tan desierto lugar! Y por eso al mirar que en los campos de nuevo brotan las rosas exclamé: ¡Dónde, Dios mío, iré a esconderme ahora! Y al bosque de San Lourenzo me encaminé silenciosa. II ¿Dónde estaba el sagrado retiro? Percibí ruidos extraños. Pedreros iban, venían por aquel bosque apartado. ¡Era una mano piadosa cuidando desamparados! De un vistazo vi los interiores... Todo relumbraba blanco, cada piedra era un espejo, y el viejo convento un pazo cubierto de lindas flores. ¡Qué terrible desencanto! ¡Negra nube cubrió de repente estos ojos asombrados; y más que nunca abatida huí...! Que el retiro amado parecía alma limpia de un monje sumergida en los lodos mundanos. |
Traducción de Helena Villar Janeiro y Xesús Rábade Paredes.